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martes, 2 de enero de 2018

AVENTURAS EN LA MARYGALANTE Cap. 2

Un nuevo año para estrenar y una aventura que continuar. Que el 2018 os deje en todos los puertos seguros, os sople siempre a vuestro favor y lleguéis a vuestros mejores destinos!!



CAPÍTULO 2

LA CAPITANA


Larimar O’brian leía tumbada en la hamaca de su camarote. Tenía al Sr. Dandy enroscado junto a sus pies y al Sr. Eivioc bajo la hamaca, ambos dormidos como troncos. Sintió el aviso y cogió la fotografía de Lara y Altan que le servía de punto de libro, la miró un instante y la metió entre las páginas. Instantáneamente el Sr. Dandy irguió las orejas, miró a la capitana y se desperezó. El Sr. Eivioc se había levantado y la miraba interrogativo.
-Bien señores, Kunzita está de vuelta, a sus puestos por favor.

La mujer salió de la hamaca, se colocó la chaqueta de terciopelo rojo oscuro, se calzó las botas y se atusó el moño. Dandy subió por la pared y salió por el tragaluz, trepando por el palo mayor hasta su puesto en la cofa. Eivioc esperó a que la capitana abriera la puerta y se fue hasta su sitio junto al timón, echándose en posición de esfinge, que le daba un aire atento sin cansarse.

La capitana comprobó que todo estaba en orden, bajó a la cubierta de mantenimiento, entró un momento en la cocina y le pidió al cocinero que subiera con ella a la cubierta de recreo, donde estaba el resto de la tripulación. En cuanto pasó la puerta todos dejaron lo que estaban haciendo y formaron un círculo.

-El señor Lay llegará en breve, una vez demos la bienvenida a los nuevos grumetes zarparemos de inmediato, me gustaría estar en Emmerald antes del ocaso, así ustedes podrán dormir hoy en el hotel. Nos aprovisionaremos y mañana a primera hora de la tarde saldremos para Hobrén. Muchas gracias.

La tripulación asintió y cada uno fue a su puesto. La capitana se quedó sola con el cocinero.

- Espero que Kuni me haya hecho caso esta vez y traiga un pinche con experiencia.
- Tranquilo señor Cook, yo también le pedí grumetes con experiencia, a ser posible del buque Lymeryk, la travesía a Hobrén no es apacible precisamente y menos con tanto retraso, pero si partimos mañana al alba pasaremos la nebulosa de Marna antes de dos jornadas y evitaremos el inicio del monzón, que es en sí la parte más arriesgada del viaje, una vez lleguemos al puerto de An-Dro podremos salir ha espacio libre y allí mientras sigamos las indicaciones del almirantazgo no hemos de tener mayor problema.
- Confías en exceso en la Mary…. ¡Llevar sal a Hobrén! Menudo cargamento, menudo sitio, menuda panda de salvajes…
-Señor Cook, conozco perfectamente sus reservas, pero alguien tiene que hacerlo y sabe perfectamente que nuestra misión es ayudar donde más se necesita, para el resto ya está la flota mercante.
- Sí niña sí, pero luego no llores cuando esos salvajes te dejen sin pelo.

El cocinero salió de la sala y tras él la capitana, que fue hasta el timón, acarició la cabeza de Eivioc y sacando la bitácora comenzó a rellenarla. Al poco, los sonoros ladridos de Dandy anunciaron el regreso del segundo de a bordo con los nuevos grumetes.

Ereleig contemplaba asombrado el barco. Ya le había parecido grande desde el malecón del puerto, pero ahora se hacía cada vez más inmenso a medida que la barca se aproximaba a él. Al llegar a poco menos de tres metros pudo distinguir un rótulo justo debajo de la borda de proa. Pensó que seguramente era el nombre del barco, a veces era un fastidio no saber leer. Kunzita remaba con fuerza y al poco se encontraban justo en medio del buque, donde una bonita escalera les permitiría subir.

Opalena suspiró aliviada al ver aquella escalera, por lo que ella había oído a los barcos se subía por escalas de cuerdas, dificilísimas de trepar. También había oído que usaban una especie de columpios rígidos para elevar las mercancías hasta el barco; y ya se veía volando por los aires en uno de esos columpios, pues subir por una escala de cuerda le parecía impensable. Pero la preocupación por cómo llegaría a la nave se fue al ver aquella escalera, más propia de una casita de campo que de un barco mercante.

Kuncita pidió a los chicos que bajaran de la barca y los dejó en el primer peldaño, en el que podían estar al menos diez personas. Desde arriba le lanzaron un par de cabos y el hombre los pasó por las argollas que la barca tenía en cada punta. Los cabos se tensaron y la barca comenzó a elevarse más allá de la borda, desapareciendo de la vista al poco. Una vez listo el asunto de la barca, Kuncita comenzó a subir la escalera indicando a Ereleig que lo siguiera. Opalena subió la última.

Toda la tripulación les esperaba en cubierta. Los chicos se fijaron en la mujer que les observaba junto al palo mayor. Vestía una chaqueta de terciopelo rojo oscuro y pantalones, algo que Ereleig nunca había visto en una mujer. Los galones en los hombros la indicaban como la capitana. 

-¡Bienvenidos a La Marygalante! la mejor nave de uno a otro confín de este planeta, muchos otros, varias galaxias y universos distantes. Nombre, rango y último barco en el que habéis estado por favor.

Ereleig hizo una pequeña inclinación de cuerpo, tal como acostumbraba en el hotel ante los clientes de rango.

- Ereleig, cuidador de mascotas del Gran Hotel Colchones Excelsos.
- Opalena señora, barredora de cloacas.
La capitana miró a Kuncita y arqueó visiblemente la ceja derecha.
-Señor Lay, a mi camarote por favor. Sra. Lotte, si es tan amable de acomodar a los grumetes en sus camarotes –una mujer pequeña y algo redonda se adelanto y con una seña indicó a los chicos que lo siguieran, cosa que hicieron en el acto-. Bien tripulación, zarpamos, rumbo sur-oeste a Emmerald.

Dadas las órdenes se encaminó a su camarote seguido por el segundo de a bordo. Una vez dentro recogió la hamaca y se sentó tras su escritorio.

- Grumetes experimentados, a ser posible del Lymeryk. Eso es lo que le pedí, ¿No había en todo Komo un par de grumetes que hayan viajado al menos una vez en su vida? Vamos a Hobrén Sr. Lay, lo último que queremos son niños a los que enseñar.
- Es una corazonada capitana, sabéis que no puedo ignorarlas.
- Pues la próxima vez que le encargue algo deje el corazón en su camarote señor Lay – la mujer suspiró y paseó la mirada por la estancia-. ¿Dónde los ha encontrado?
- En la subasta de Nidena, restos de serie, nadie los quería.
- Bien, está bien, no es en absoluto lo que tenía planeado, pero para una vida fácil ya está la flota mercante. ¿La muchacha tiene experiencia en la cocina?
- Pues no lo sé, habrá que preguntarle. El chico parece muy adaptable y espabilado, será un buen grumete. Pero ella, bueno, es muy cerrada y teme a los perros, trabajó para los Pema.
- ¡Pandilla de inconscientes y descorazonados! No me extraña que los tema. Bueno tenemos al Sr. Dandy que remediará eso y el resto con el tiempo. Bien señor Lay, rezad para que la chica sea buena en la cocina, no soy la única a quien habéis decepcionado, y el señor Cook no es tan comprensivo como yo. ¡Buena suerte!

El hombre saludó, dio media vuelta y salió del camarote. La capitana se arrellanó en la butaca y suspiró.

- Un viaje normal. Por esta vez quería un viaje normal Mary, Hobrén no es fácil y he tenido que aceptar. Nadie más les llevaría sal; ni sal, ni nada, ningún barco ni nave va por allí, y siendo así desde hace tantos años por algo debe ser. Bueno, no vamos a enfadarnos justo al inicio de un viaje largo y difícil. Tenemos buena mar, sepámosla aprovechar. ¡Vaya! empiezo a parecerme al señor Refrany –unos toques en la puerta sacaron a la capitana de su monólogo-.
- Permiso para entrar capitana.
- Adelante Sra. Lotte.
La puerta se abrió y entró la redonda mujer, seguida por los perros del barco. El Sr. Dandy subió al escritorio y el Sr. Eivioc se echó a los pies de la capitana.
- He dejado a los chicos en los camarotes para que acomoden sus cosas, no tienen casi nada, si se quedan todo el viaje habrá que comprarles ropas en An-dro. Y cuadernos, ninguno sabe leer ni escribir.
- Haced una lista con lo que necesitéis, pero procurad sed precisa, este viaje podría no dejarnos ningún beneficio económico.
- ¿No sería mejor devolver el cargamento y dedicarnos sólo a los niños?
- ¡Sra. Lotte! ¿Usted también está en desacuerdo?
- Es que… ir a Hobrén… Un lugar del que sólo se habla mal, no puede ser bueno.
- ¿Recuerda lo que decían sobre mí cuando me hice cargo de La Marygalante?
- Porque no la conocían y era una niña, era normal que dudasen de sus aptitudes, pero unos años y ha demostrado ser una buena capitana. ¿Sabéis cuantos años dura el bloqueo a Hobrén? ¡Desde antes de que yo naciera! Así que imaginad… No es un lugar adecuado para llevar a unos niños, ni siquiera usted debería ir.
- Sra. Lotte, mi aprecio por sus servicios es muy grande, ya lo sabe, pero el rumbo está fijado y nada va a cambiarlo. Si desea quedarse en Emmerald lo entenderé, pero lo hará sola. Los chicos ahora son parte de la tripulación, irán allí a donde se dirija la nave, están bajo mi custodia y la de La Marygalante, ya sabe lo que ello significa.
- De acuerdo, sea pues, procuraré que para cuando lleguemos a An-dro ambos tengan un mínimo de educación.
- ¡Gracias Sra. Lotte! Esa es la actitud que preciso. Hablando de aptitudes Sr. Dandy, Sr. Eivioc, la muchacha tiene miedo de ustedes, así que sean muy cuidadosos – el Sr. Dandy ladró a modo de aceptación y se sentó sobre sus patas traseras, subiendo las delanteras en un saludo muy gracioso-. Exacto Sr. Dandy usted será el encargado principal de conseguir que les mire de otra manera. Sra. Lotte, ¿Desea algo más?
- No, por el momento, no –la mujer salía por la puerta, pero se detuvo y se dio una palmada en la frente-. ¡Se me olvidaba! Madame Leire me envió una carta hace unas semanas, está preparando el Baile del Farol en el palacete de comandancia de An-Dro. ¿Habría alguna posibilidad de asistir?
- Me temo que esta vez no Sra. Lotte, ya vamos con algo de retraso.
- El sitio al que vamos no va a empeorar por unos días que nos retrasemos.
- Sra Lotte, no empiece de nuevo.
- De acuerdo, de acuerdo…

La mujer salió y cerraba la puerta cuando el Sr. Dandy saltó del escritorio y salió con ella. El Sr. Eivioc gruñó bajito.

- No se enfade, debe entender que su aspecto es más intimidatorio – el perro suspiró-. Dedíquese a Ereleig, apreciará mejor sus talentos. Bien, vamos a ver qué tal anda todo por ahí fuera, ¿Me acompaña Sr. Eivioc? – el perro se hizo un rosco junto al escritorio-. Como quiera, en una hora comenzará su guardia, hasta luego.

La capitana salió y cerró la puerta, aún la sorprendía lo sensible que era aquel perro. Fue a la cocina, además del señor Cook se hallaba Miss Egane, la ayudante del señor Refrany el piloto, un marinero de edad avanzada del que se decía que había servido de primer oficial en el Bonjorn, la nave del comandante Lars y en La Atrevida, la nave del almirante O’brian, padre de la capitana. Muchas historias corrían sobre el porqué un avezado y experto marino, que bien podría capitanear su propio barco, había decidido ponerse bajo las órdenes de una mujer y como patrón; cuando su experiencia era mayor que la del segundo de a bordo Kuncita Lay-Malone. Era otro de los muchos misterios que rodeaban a la nave. Miss Egane además de ayudar al Sr. Refrany, ser una audaz piloto y considerada la marinera más bella de Marsetta, su país de origen, tocaba la flauta y el violín. Esta sería su tercera travesía a bordo de La Marygalante.

En cuanto la capitana cruzó la puerta de la cocina el Sr. Cook se encaró con ella.

- Muy bien niña, dejar la elección a ese cabeza hueca de Kuni te va a dejar comiendo galletas una buena temporada.
- Estoy tan sorprendida como vos, Sr. Cook, pocas veces le doy peticiones precisas, pero tuvo una corazonada.
- ¿Otra? ¿Por qué no deja el corazón a bordo de vez en cuando? Espero que la muchacha sea buena, porque de lo contrario le voy a tener a régimen todo el viaje…
- Sr. Cook, no sea tan duro con el guardián – Miss Egane le sonrió con dulzura, algo que solía apaciguar los ánimos del cocinero-. Yo pienso que esos chicos serán excelentes, deles una oportunidad.
- ¿Y si no lo son, vendrás tú a pelar patatas?
- Vendré yo misma, Sr. Cook –dijo la capitana.
- ¿En serio? Muy bien, sea pues – una sonrisa se instaló en el rostro del cocinero.
- Miss Egane, ¿Sería tan amable de avisar a los chicos de que vengan aquí cuando hayan terminado de instalarse?
- Claro capitana.
-¡Gracias!

La piloto salió de la cocina para buscar a los grumetes. Poco después entraban el señor Refrany junto a Kuncita, la Sra. Lotte y los hermanos Uxián, Corma y Hidie. Los hermanos procedían de Mastrara y por ello su forma de hablar era muy particular, en ocasiones se debía hacer un buen esfuerzo para entenderlos, pero eran excelentes marineros de los que no temían nada, de hecho eran los únicos que no se habían inmutado al oír el destino al que se dirigían. Ambos estaban enamorados de Miss Egane y la seguían a cualquier barco en el que ésta se enrolara. Pasar el examen de la capitana les costó, pero tras la primera singladura demostraron que a trabajadores no les ganaba nadie, y esa, junto a ser ordenado, era una cualidad muy apreciada en La Marygalante, por lo que tenían ya su sitio adjudicado.

Una vez Miss Egane entró con los chicos en la cocina, el Sr. Cook sacó copas para todos y las llenó de Ambrossia. Las repartió entre todos los presentes, quedándose con la suya, una copa de cristal azul de Lovaquia. La capitana tomó la palabra.

- Opalena, Erelig, como nuevos tripulantes de La Marygalante participareis del brindis de inicio. Ahora formaremos un círculo y cada uno podrá compartir lo que desee. Es tradición que comience el cocinero y concluya el capitán. Tras cada comentario se toma un sorbo de la copa, que indica que se ha terminado y otro puede hablar. Podéis decir aquello que queráis o podéis pasar la palabra tomando un sorbo de vuestra copa. Sr. Cook si es tan amable de comenzar -el cocinero levantó en alto su copa y dijo:
- Que esta travesía nos sea dulce – y tomó un sorbo de su copa, al igual que el resto de la tripulación.
- Que nos enseñe a confiar- pronunció el Sr. Lay tomando otro sorbo.
- Que aprendamos cosas útiles que mejoren nuestro ser y nuestro entorno – deseó la Sra. Lotte.
- Nudo hagas que deshagas –sentenció el Sr. Refrany.
- Que suenen nuevas melodías – dijo Miss Egane.
- Qu Sol nus sigu pur tos lus horizantes… – comenzó Hidie.
- E qu derrite lus yelos del cor que mos amos – terminó Corma y ambos hermanos bebieron de sus copas.
- Que, que, que… -a Ereleig no se le ocurría nada, al notar que los adultos lo miraban se puso muy nervioso y soltó sin pensar-. ¡Que no nos hundamos! – y tomó un sorbo de su copa, para su asombro nadie se rió de su comentario, se limitaron a beber.
Opalena, que había quedado la última se limitó a tomar un sorbito de su copa, la capitana cerró el círculo.
- Que sepamos ver las oportunidades que la vida nos ofrece y las aceptemos agradecidos –dicho esto vació su copa, al igual que el resto de la tripulación-. Bien, todos a sus puestos. Opalena se quedará con el Sr. Cook. Ereleig usted irá con los hermanos Uxián que lo introducirán en el arte de la marinería. Tras sus tareas irán a la cubierta de recreo con la Sra. Lotte a comenzar sus clases. En unas horas llegaremos a Emmerald, estén preparados para desembarcar por una noche. Gracias.

Todos dejaron su copa y salieron de la cocina menos Opalena. Ereleig siguió a los hermanos que le dieron un cubo y un trapo y le dijeron, o al menos eso entendió él, que limpiara la baranda de cubierta; tarea a la que se dedicó con ahínco durante dos horas y que le gustó, ya que podía ver el mar y porque se sentía muy alegre. Aquel ritual de la copa le había hecho sentir que les importaba a aquellas personas. Era como ser parte de una familia o eso pensaba que debía de ser, ya que él no había tenido familia. Tenía muchas ganas de trabajar y de hacerlo bien y de quedarse en aquel barco donde todos parecían tan amables. Ya era hora de que, como su nombre decía, tuviera suerte.






viernes, 22 de diciembre de 2017

CUENTO DE NAVIDAD 2017

Querid@s seguidores del blog!!

El cuento que me ha llegado tras el Solsticio de invierno. Que la luz ilumine cada uno de vuestros pasos y caminemos hacia una sociedad basada en los tres principios de Libertad, Igualdad y Fraternidad.


DÍAS ANTES DEL SOLSTICIO DE INVIERNO


Oscar fue a buscar  una taza de chocolate caliente, ya le tocaba descansar un rato, llevaba tres horas ayudando a su abuelo a hacer paquetes y empezaba a estar un poco harto de de tantas bolsas de arroz, botes de legumbres y bricks de leche. Alguien había donado un bote de crema de avellanas (de esa tan rica cuya marca no nombraré) quien lo había donado pensaba en una casa con niños.

En la sala de la cafetera había dos chicas más o menos de su edad, debían ser los únicos tres que no pasaban de la cincuentena en el local. Las chicas lo vieron, se dijeron algo entre ellas y se apartaron al otro lado de la sala. Él se sirvió chocolate del termo preguntándose cuando empezarían las  risitas tontas. Era algo que detestaba especialmente de sus compañeras de clase, decirse cosas al oído y reírse. Cuando le preguntó a su madre por qué tenían que comportarse de una manera tan tonta ella le dijo que era una fase por la que pasaban, al igual que él pasaría la fase del "Fanfarroneo Escandaloso" y entonces serían ellas la que lo verían como algo tonto.

Se tomó un par de sorbos del chocolate, que estaba tibio y, no, no oyó ninguna risita. Se giró y lo estaban mirando directamente, sin decir nada, pero directamente a la cara. Oscar se sintió incómodo y desvió la vista.

- Disculpa, ¿ Eres Oscar Jarque?
Se quedó desconcertado. ¿Porqué esa chica sabía su nombre y apellido? Cómo lo seguía mirando se decidió a balbucear:
- S sí, ¿Nos conocemos?
- Eres voluntario del refugio de A.D.E, fuiste a la Caminada y el día de recogida en Manresa, y a la cena de Navidad del año pasado.
- Pues sí, ¿Tú también lo eres?
- Sí, desde hace tres años, y ella es el primero que se mete en el mundo de "Mirarse un poco menos el ombligo", pero como para A.D.E falta una semana le he dicho que empezara con la recogida para humanos, que también les va bien.
- ¿Y qué te parece? -preguntó Oscar a la otra chica, más que nada para ser amable-.
- Bueno, tampoco tanto, es más bien monótono, hacer lo mismo tanto rato, pero creo que es mejor que estar todo el día en el súper recogiendo bolsas.
- Sí, yo prefiero estar haciendo los paquetes aquí - dijo Oscar-.
Siguió un silencio mientras tomaba otro sorbo de chocolate. Las chicas se miraron y la primera le volvió a preguntar.
- ¿Te hiciste voluntario de A.D.E por la negación?
- ¿El qué?
- La carta, recibiste una carta diciendo que tu regalo estaba denegado, de Dael elfo Responsable Departamento de Denegaciones Reye’s & Papa’s S.Coop.

Oscar la miró sorprendido ¿Cómo podía saber eso? por si acaso se hizo el longuis.

- No te entiendo tía...
- ¡Sí, lo sabía! por eso fuiste al refugio, lo pensé cuando os vi entrar, tus padres no estaban muy convencidos y tus abuelos encantados, yo os abrí la puerta de la zona de caballos y Manchi te quiso dar un golpe.
- ¡Ostras sí! Manchi, menuda mala leche que tiene a veces...
- Entonces es verdad, tú también recibiste una carta de Dael y te dijo que de cachorro nada, que adoptaras en un refugio.
- Sí. ¿Eres bruja o algo así?
-No, es que yo también la recibí. No sé tú, pero a mí me sentó fatal. Me enfadé con mis padres porque pensaban que era una chorrada suya. Pero mi madre me insistió que ellos no tenían ni idea. Me entró la curiosidad y miré por internet y me quedé enganchada mirando los perros, los caballos y al final les pedí que me llevaran y en vez de tener un gatito, adoptamos un conejo, a mi madre le hizo mucha gracia y a mí también me gustó.
- Yo también pensé que era una broma de mis padres y cuando me quejé a mis abuelos les pareció una buena idea, mejor que comprar animales en tiendas y al final miré por internet y ...
- Apadrinas al Rubio, por eso sé tu nombre.
- Vale, pues sí, es un caballo estupendo y también ayudo de vez en cuando y mi abuelo me ha enredado con esto, porque dice que también hay que ayudar a los humanos que lo pasan mal.
- Sí, mis padres me dijeron lo mismo. Que si me paso un sábado al mes en el refugio bien podía dedicar un día al año en la recogida... Bueno vamos a seguir, que aún hay un montón de comida para empaquetar.
- Sí, yo me acabo esto y también vuelvo.
- Hasta la vista Oscar.
- Vale, nos vemos...

Las chicas se fueron y él se tomó el resto del chocolate, ya frío. Dos horas más tarde pararon para comer. Vió a las chicas que le saludaban con la mano y les hizo un gesto con la cabeza, que no pasó desapercibido para su abuelo.

- ¿Son amigas tuyas?
-No, voluntarias del refugio.
- Si quieres ir con ellas, por mi no hay problema.
- No, no. Si apenas las conozco.
- Por eso, así las conoces; cómo en el libro ese de Frère que venden en el refugio...
-¡Venga ya Yayo!!!!
- Cómo quieras, pero por mí ADElante...
- Yayo, lees demasiado el Face de A.D.E.

Oscar empezó a comer y, sin saber de dónde un pensamiento cruzó su mente, esa chica no era una cretina como las de su clase, no se reía como una tonta y tenía un pelo muy bonito...


Si quieres vivir toda un aventura visita : http://www.asociaciondefensaequidos.org/


¡FELICES FIESTAS A TODOS!


viernes, 1 de diciembre de 2017

AVENTURAS EN "LA MARYGALANTE"

Tras un tiempo de infructuosa búsqueda de ilustrador, seguiré en ello, comienzo la entrega de mi último trabajo. Si te entusiasma el tema, eres creativo y te gustaría unir tu trazo a la historia serás muy bienvenido!!

Por el momento aquí os ofrezco el primer capítulo de una travesía de destino incierto.

A Eivioc,
compañero durante tres años,
a Dandy, durante 14,
era más fácil escribir sintiendo vuestro cuerpo al lado,
ahora es vuestro espíritu el que me acompaña.
También a Larita, la poni que tengo amadrinada en A.D.E.




CAPÍTULO 1

NUEVOS GRUMETES


 Ereleig, que significa “suertudo” en lengua kogan, no había tenido mucha suerte en sus doce años. Poco después de cumplir tres, sus padres murieron en el gran accidente del planeta industrial Girolo, al día siguiente ya estaba en el orfanato del Sr. Uts. Lo adoptaron al cumplir cinco, la edad mínima para trabajar.
Durante dos años trabajó en la granja de los Hanfast. Quitaba malas hierbas, vigilaba las ocas, limpiaba el establo y otras muchas pequeñas tareas adecuadas a su edad. Al poco de que Ereleig cumpliera siete años, llegó una hermana de la señora Hanfast con sus ocho hijos. Como ahora eran muchos para trabajar en la granja, y gratis, vendieron a Ereleig a un pastor de dadas (probablemente los animales más simples del universo) que se lo llevó al planeta Gora-Gura.
Trabajar con dadas es agotador, son muy mansos, pero como son tan simples hay que vigilarlos constantemente para que no se caigan por los precipicios, no beban agua estancada, no coman hierbas venenosas y, sobre todo, que no pierdan al rebaño. El muchacho se levantaba antes de salir el sol y no volvía con el rebaño hasta que la primera luna aparecía por el horizonte con su verdosa luz. Era una vida muy solitaria, y el pastor no era nada hablador, así que la mayor ilusión de Ereleig era tener un amigo. Tras cuatro solitarios años el muchacho tuvo que volver a marcharse, pues el pastor murió y el nuevo dueño del rebaño tenía su propia familia.
Enviaron al chico de nuevo al orfanato, donde al poco lo compraron para trabajar en un hotel. Su trabajo consistía en cuidar de las mascotas de los clientes. Él sólo sabía cuidar dadas, pero como era muy observador y tenía muchas ganas de aprender, en muy poco tiempo era casi tan buen cuidador como Gadre, que era hijo del Gran Cuidador de Mascotas Real. De haber tenido un poco más de suerte abría sido él a quien Madame Darog hubiese escogido para cuidar de sus mush-mash pero, a pesar del significado de su nombre, Ereleig no tenía mucha suerte y Madame Barog se llevó a Gadre a trabajar para ella.
También fue muy mala suerte que el bromen de Míster Tadot comiera restos de pez Coshu (que su dueño había guardado de su cena) y se envenenara; pero Ereleig, que jamás había comido ningún tipo de pez, no sabía que fuera venenoso para los bromen. El bromen lo pasó muy mal toda una semana, pero se recuperó. Ereleig acabó en la subasta mensual de trabajadores sin paga (era una manera elegante de decir esclavos).
Era sin lugar a dudas el "trabajador" más joven del lote. Hasta la muchacha de pelo amarillo le sacaba al menos cuatro palmos de alto. Ereleig sólo se atrevía a desear que quien lo comprara tuviera otros trabajadores de su edad, así al menos tendría con quien hablar. Hacia el final de la subasta sólo quedaban él y la chica de pelo amarillo, y los compradores comenzaban a retirarse. Si no los compraba nadie tendrían que pasar la noche en la sala, sin nada que comer.
La subastadora comenzó a recoger el libro, pues los compradores se retiraban y nadie hacía el menor caso de los chicos. Justo cuando les quitaba el precio entró un corpulento hombre de rostro rosado con una larga cicatriz cruzándole la mejilla.
-Nidena, ¿Qué precio me haces por los dos?
- ¡Kunzita, cuánto tiempo! ¿Aún vas en ese cascarón horrible?
- Te agradeceré que no insultes al mejor buque del universo. ¿Qué precio me haces si me los llevo a los dos?
-Bueno, por ser tu, 500 gálaxs.
- Son dos niños, no llegan ni a 100 cada uno.
- No son niños, ella tiene dieciséis años y el chico doce, y ya han trabajado con anterioridad.
- Entonces mi oferta serán 200.
- Ya han trabajado antes.
- No muy bien, o no estarían aquí. 200 y te ahorras darles de comer mañana.
- Eres insoportable Kunzita, no sabes regatear. Está bien 200 gálaxs, pero te los llevas tú y ahora mismo.
- De acuerdo Nidena – el hombre miró a los chicos- Seguidme, despacio y en silencio.
Ereleig y la muchacha del pelo amarillo bajaron despacio y calladitos. Al acercarse al hombre éste les pareció aún más enorme, desde la tarima no lo parecía tanto. Ereleig tuvo que levantar por completo la cabeza para mirar a aquel hombre a la cara y la muchacha, aunque era bastante más alta que él, también alzó la cabeza para mirar. El hombre saludó a la subastera y salió de la sala con los chicos, callados y caminando despacio, tras él.
El hombre bajó por calles y callejas hasta llegar al barrio de la ribera, muy cerca del puerto espacial. Se paró frente a un hostal. Se sentó en una de las mesas al aire libre y les indicó que se sentaran.
- Me llamo Kunzita Lay-Malone, soy el segundo de a bordo del mejor buque mercante de varias galaxias. Mi capitana, Larimar O’brian, me había encargado enrolar un par de grumetes experimentados. Supongo, por vuestro aspecto, que nunca habéis trabajado en un barco, pero si mi instinto no me falla, y raras veces lo hace, podré hacer de vosotros unos excelentes marinos. Bien, decidme vuestro nombre y lo que sabéis hacer.
Ereleig miró a la muchacha de soslayo, tenía la cabeza gacha, así que decidió hablar él primero.
- Mi, mi nombre es Ereleig, tengo doce años y nací en el planeta Girolo. Mis padres murieron en el gran accidente. He trabajado en una granja, de pastor de dadas y de cuidador de mascotas en el “Gran Hotel Colchones Excelsos”.
-Granjero y pastor, no es muy buen comienzo, la vida en un barco no se parece a nada de eso. Bueno, pareces un chico aplicado, seguro que te acostumbraras. Y no tendrás problemas con nuestros perros.
La muchacha lanzó un pequeño grito de sorpresa, tapándose la boca en el acto y bajando la cabeza avergonzada.
-¿No te gustan los perros? –le preguntó el hombre con amabilidad.
-Me, me dan miedo señor.
-¿Por qué?
-Muerden Señor.
-¿Te han mordido alguna vez?
-Sí señor, unas cuantas.
-¿Y qué andabas haciendo para que te mordieran?
-¡Nada señor, lo prometo!
-Pues me cuesta creer eso… he, ¿Te llamas?
- Opalena señor. Tengo dieciséis años y trabajaba en el servicio de limpieza de cloacas, antes como criada en el caserío de los archiduques de Pema.
- ¿Allí te mordieron los perros, verdad?
- Sí señor, una de nuestras tareas era hacer de presas para los cachorros.
-¡Una vergüenza, para cualquiera que se diga ser vivo! Bueno, tranquila, nuestros perros no te harán ningún daño. Vamos a comer un poco y luego os llevaré al barco. Esperad aquí un momento, voy a ver que tienen hoy para comer.
El hombretón entró en el hostal y al cabo de un ratito volvió a salir.
-Podéis escoger entre col rellena, trinchado de montaña, col con zanahorias, o ensalada de col.
- ¿De qué está rellena la col? –preguntó Ereleig.
- De patata, zanahoria y crema de leche de dada. – le informó Kunzita.
- ¡La col rellena por favor! – contestó entusiasmado el chico.
- Muy bien, ¿Y tú Opalena? – indagó el hombre con suavidad.
- Lo mismo, gracias –contestó la muchacha con un hilo de voz.
Kuncita regresó al interior del hostal. Ereleig estaba muy contento, hacia mucho que no comía algo tan rico, le encantaba la leche de dada, tanto la leche sola, como hecha nata, crema o queso. Cuando cuidaba el rebaño podía tomar toda la que quería. Después de que lo devolvieran al orfanato no había tenido ocasión de volverla a probar. La perspectiva de comer bien, después de tanto tiempo aguantando con sobras, le hizo ponerse a silbar. Opalena alzó el rostro y lo miró sorprendida. Ereleig le sonrió y se atrevió a hablarle.
- ¡Qué suerte que nos haya comprado este señor tan amable! – la chica no dijo nada, lo miraba con los ojos muy abiertos-. ¿A ti también te gusta la crema de leche con la col, verdad? –la muchacha lo siguió mirando sin responder-. ¿Crees que estará bien trabajar en un barco?
- No, no lo creo, hay perros, los perros muerden.
- Pero a lo mejor los del barco no. El señor Kuncita parece muy amable, a lo mejor sus perros también son amables.
- Ojalá sea así.
La muchacha agachó de nuevo la cabeza. A Ereleig no se le ocurría que decirle para que dejara de parecer tan triste, hasta ahora su vida le había brindado muy pocas ocasiones para conversar, y aún menos con una muchacha. Kuncita volvió a salir llevando una gran bandeja, en la que humeaban tres platos. También trajo una jarra llena de líquido de color amarillento y tres jarras más pequeñas.
- Las señoritas primero – dijo dejando un plato frente a Opalena, una jarrita, una servilleta y un tenedor.
- Tu cubierto Ereleig – y le dejó su plato, jarra y demás-. He pedido citromiel, a ver si os alegra un poco, también porque parecéis poco vitaminados. En un barco es muy importante comer bien y tener muchas vitaminas, así no hay problemas con el trabajo.
El hombre les llenó las jarritas con la bebida. Ereleig cogió su cubierto y lo llenó de col.
-Ejem, ejem – dijo Kuncita cogiéndole el brazo e impidiendo que pudiera meterse la comida en la boca-. No te han enseñado muchos modales muchacho, antes de comer se han de dar las gracias, ¿No?
- ¡Oh, muchas gracias señor!
- A mí no, dar las gracias al Universo.
-¿Al Universo? – preguntó perplejo el chico.
- ¡Gran Generador de la Energía Universal! ¿No te han enseñado nada en la escuela? – la cara sorprendida y avergonzada del chico le hizo comprender que nunca había ido a la escuela, Kuncita se sintió tonto, eran dos niños trabajadores, no se molestaban en enseñarles nada, bueno a la chica tal vez sí-. ¿Y tú Opalena, has ido a la escuela?
-No señor, nunca.
- La capitana me va a echar una buena bronca -para asombro de los chicos el hombre se puso a reír a carcajadas-. ¡Vaya que sí, una de las gordas! –y siguió riendo mientras los muchachos le miraban desconcertados.
El hombre sacó un pañuelo verde de seda y se secó un par de lágrimas de la comisura de los ojos. Realizó un gesto ante el plato de Opalena, luego ante el de Ereleig, ante el suyo y con voz clara dio las gracias.
-Gran Generador de la Energía Universal, gracias por esta comida, gracias por haber encontrado estos chicos, que todos en todas partes puedan disfrutar de las mismas bendiciones. ¡Que aproveche! –al percatarse de que los chicos seguían inmóviles y sorprendidos les sonrió de nuevo-. Ya podéis comer, venga que se enfriará.
Hincó el tenedor en la col de su plato y la comió haciendo grandes suspiros de gusto. Ereleig lo imitó de inmediato. Al masticar la mezcla entendió los suspiros del hombre, era la col más rica que había comido nunca. La crema era suave y seguía calentita, en muy poco el chico había dado buena cuenta de su plato. Opalena se inclinó sobre su plato. El cabello le cayó, formando una cortina amarilla a su alrededor. Comió despacio, sin levantar la vista del plato.
Una vez acabada la comida, Kuncita les instó a terminar el citromiel, así que les llenó de nuevo las jarritas. Una vez concluido el almuerzo recogió todo en la bandeja y la llevó de nuevo al hostal, saliendo al poco rato.
-Bien grumetes, ha llegado el momento de ir al buque, seguidme.
Kuncita se puso su sombrero y fue hasta una calleja, tan estrecha que podías tocar ambos lados con los brazos en cruz, hasta unos brazos tan cortos como los de Ereleig; que quiso comprobarlo y durante unos instantes rozó con las yemas de los dedos ambas paredes. Al salir de la callejuela pudieron oír el grito lejano de las gavimetas y los curchos de mar. El terreno comenzaba, en ese punto, una suave pendiente hasta el mar, por eso la calle que comenzaron a bajar tenía las casas con unas simpáticas líneas que indicaban al paseante el grado de inclinación, cada vez mayor, a medida que te acercabas al mar. Kuncita paró ante la última casa de la calle, que daba a una placita en cuyo centro se había erigido la estatua de una mujer. Dos calles se abrían en ambos laterales de la placita, una a la derecha de la calle por la que habían llegado y la otra a la izquierda; en frente comenzaba un ancho camino, bordeado de moreras, donde a lo lejos se veía un trocito de mar.
-Ereleig, voy a entrar un momento en la tienda con Opalena, espero que no tardemos mucho.
El hombre indicó a la chica que entrara en la casa y luego pasó él. Ereleig se fijó en el cartel que había sobre la puerta de aquella casa. Pero como no sabía leer, no supo qué tipo de tienda debía ser aquella. No tenía escaparate, como las del centro. Apoyó la espalda en la pared de la casa y miró hacia el camino que conducía a la playa. Se preguntó si podría acercarse a la estatua. Estaba muy cerca, así que fue hasta ella.
En el pedestal había una inscripción en letras grandes y redondas, entrelazadas las unas con las otras. Por primera vez en su vida Ereleig deseó saber leer. Observó la estatua, no sabía de qué material estaba hecha (era de mármol de Carrara) pero era muy blanco y bello. Se acercó más para poder tocarla, estaba fría. El chico no había tenido muchas ocasiones de observar una escultura, lo cierto es que nunca había estado tan cerca de una y quedó admirado de lo real que parecía aquella mujer. El vestido era el muy raro, ninguna mujer en Komo vestía así, ni en Gora-Gura, de Girolo no tenía ningún recuerdo. La falda, muy larga le ocultaba los pies y en uno de los lados tenía un broche. El chico se acercó aún más para poder verlo bien. En el broche había unos dibujos muy finos, formando círculos cada vez más pequeños unos dentro de otros (eran siete en total, pero él no lo sabía porque no sabía contar) en el centro del círculo más pequeño había un animal que él tampoco conocía; tenía muchas patas (seis) y un cuerno en la frente, alas en la espalda y una cola muy rara, como si fuera de plumas. Ereleig estaba tan ensimismado con aquel dibujo grabado, que no notó al extraño anciano que se le acercó.
- Es la Dama de Lejos –el chico dio un salto asustado-. No era de aquí, vino de lejos, nadie supo nunca de donde. Fue la consorte favorita del Duque.  Pero murió a los pocos años de llegar. El Duque estaba muy triste y encargó a los mejores escultores del planeta Lueny que hicieran la estatua. Tardaron cuatro años en acabarla, los mismos que ella vivió aquí. La inscripción es el poema que ella solía recitar en la Fiesta de Otoño, pero nadie entiende su significado. ¿Quieres intentarlo tú?
-No, no sé leer señor –respondió el chico-. Y he de volver a la tienda –continuó señalando la casa.
-Yo te lo leeré, haber si eres capaz de desentrañar el misterio –le contestó el anciano cogiéndolo firmemente del brazo y levándolo delante de la inscripción-. A mi amada Dama de Lejos, eso es del Duque, lo que viene ahora es de ella –le aclaró guiñándole un ojo-. A la luz de la luna roja lo puedes ver. A la Luz de la luna verde sabrás dónde está. A la luz de la luna nueva lo encontrarás y a la luz de la luna llena te podría aceptar. Cuando mengue la luna roja déjalo ir. Al crecer la luna verde vendrá hacia ti. ¿De qué, o quién está hablando la Dama?
En anciano lo miró con una sonrisa amable, Ereleig no tenía ni la más remota idea de lo que querría decir aquello, pero como aquel anciano parecía amable quiso ser educado y contestó lo único que había entendido del poema.
- ¿De la luna, señor?
- Aquí no tenemos lunas rojas ni verdes.
- De la luna de donde ella era, quizás.
-Quizás, quizás, te lo vuelvo a leer, a ver si ahora lo adivinas.
El anciano se lo repitió de nuevo. Ereleig probó con los colores y el anciano lo volvió a leer. Ereleig le aseguraba que no lo sabía y entonces le hizo repetir cada una de las frases hasta que el chico pudo recitar el poema de memoria. Entonces se oyó la voz de Kuncita que lo llamaba desde la puerta de la tienda.
- ¡Ereleig, por favor, entra!
El chico se volvió al anciano para despedirse, pero ya no estaba. Confuso miró hacia las calles, pero tampoco había nadie allí.
- Ereleig – lo apremió el hombre-. ¡Ven, rápido!
Sin entender muy bien qué había pasado, el muchacho corrió hacia la puerta de la tienda que Kuncita mantenía abierta.
- He visto algo que puede serte muy útil, pero no sé si te va a venir bien, es mejor que te lo pruebes primero.
Era una tienda de ropa y calzado. El tendero estaba tras un largo mostrador de madera encerada muy limpia. A un lado tenía dos cajas atadas con un cordel y del otro una caja abierta donde podían verse unas botas de piel muy fina de un bonito color esmeralda. Kuncita cogió una y ayudó al chico a ponérsela. Comprobó que tal le iban, eran algo grandes para su pié.
El tendero trajo otra caja y de ella sacó una bota de color azul intenso que tendió al muchacho. Ereleig le devolvió la de color verde y se calzó la azul, sin ayuda esta vez, para satisfacción de Kuncita. Le venía perfecta, así que añadieron las botas azules al resto de las compras.
-Serán cuatro pesetas de plata señor Lay, y de regalo un par de calcetines para cada grumete –de debajo del mostrador sacó una cesta de mimbre llena de calcetines doblados por parejas-. Escoged el color que más os guste.
Ereleig rebuscó por la cesta y cogió unos de color esmeralda. Opalena metió la mano con timidez y cogió los primeros que rozaron sus dedos, eran unos calcetines de color marrón parduzco. El tendero negó con un gesto de la cabeza y con suavidad le quitó los calcetines a la chica.
-Estos son de hombre, mejor que lleves de mujer ¿no? –removió un poco la cesta y sacó unos de un suave color anaranjado-. Este color te sentará muy bien.
-Muchas gracias señor –respondió Opalena con un hilo de voz.
Kuncita pagó al tendero y, entregando la caja del calzado a Ereleig, tomó las del mostrador y se dispusieron a salir de la tienda. El propietario les abrió la puerta y les saludó con un gesto de cabeza a los chicos.
-Dad recuerdos a la capitana de mi parte y decidle que le mandaré recado en cuanto tenga su encargo, que no lo olvido, ha habido algunos contratiempos, pero llegará tarde o temprano.
- No lo duda creedme, hasta la vista señor Rars y gracias por rectificar el color.
- No podía permitir que una muchacha tan bonita luzca un color tan poco adecuado, le sentará bien una travesía en la nave. Supongo que si regresa ni la conoceré.
-Todo se andará señor Rars, todo se andará.
El hombre se tocó el sombrero a modo de último saludo y salió de la tienda. Los muchachos le esperaban quietos en la acera, mirando hacia el camino que conducía al mar, al puerto y a ese barco que sería su nuevo hogar. Kuncita les sonrió, comenzó a caminar y para sorpresa de los chicos a cantar alegremente.

domingo, 3 de septiembre de 2017

Un Sueño con 4 Patas Cap. 10



CAPÍTULO 10

“QUIEN LA SIGUE, LA CONSIGUE”



Aquella tarde la señora Amalia les recordó amablemente que su jardín les necesitaba y, aunque no tardaron ni veinte minutos en tenerlo limpio, les pagó la hora entera. Les estaba despidiendo cuando apareció una de sus amigas, iba vestida de manera muy llamativa con una especie de túnica de color rosa muy fuerte que se enrollaba en el cuerpo y acababa haciendo una especie de velo. Los niños la miraron boquiabiertos y la señora se puso a reír, les dijo que su vestido se llamaba sari y era de la India, había llegado hacía dos días y le traía un regalo a su amiga Amalia.
 La señora quedó muy sorprendida al ver el jardín de su amiga y más al saber quiénes eran los jardineros. Al saber porqué los niños estaban trabajando les regaló diez euros, a cada uno. Subieron a casa más contentos que unas pascuas y enseguida se pusieron a colorear casillas, les faltaban cuarentainueve y ya sólo tenían nueve días para conseguirlo.
El lunes Julia tenía otra de sus brillantes ideas, lo único que tenían eran los abalorios, pero no se les daba bien hacer collares así que le sugirió a Daniel vender las cuentas en bolsitas pequeñas. Se pasaron la tarde haciendo paquetitos, les salieron sesenta paquetes, si los vendían a un euro tendrían más que suficiente.
El martes consiguieron vender diez y el miércoles quince. El jueves no vendieron nada, todos estaban demasiado ocupados con los preparativos de la fiesta de navidad al día siguiente y esto les dio la idea definitiva.
Pidieron permiso, por escrito, a la directora para poner un puesto de venta. La petición dejó tan sorprendida a la directora que les llamó a su despacho.
-En mis treinta años como directora de escuela, nunca había oído algo semejante, ¿Es cierto que estáis ahorrando para comprar un caballo?
-No, queremos adoptarlo señora Maite, nos falta muy poco, si nos deja vender durante la fiesta seguro que conseguimos lo que nos falta.
-¿Cuánto dinero habéis conseguido?
-Por ahora doscientos veintiséis euros.
-¿Y cuanto cuesta adoptar al caballo?
-Doscientos cincuenta euros, ya sólo nos faltan veinticuatro - contestó Julia.
-Bueno pues os doy permiso para poner el puesto y os felicito por lo bien que habéis redactado la petición.
En la fiesta vendieron veinticinco paquetitos. Al salir del colegio regalaron los once que les quedaban. Fueron a casa de Daniel y colorearon las casillas que les faltaban.
Aquellas fueron las navidades que más recordaron Daniel y Julia. Las pasaron en casa de la tía Lola, que había preparado el establo y el campo donde viviría Petit.
El abuelo Federico tramitó toda la documentación a su nombre, pero le hizo un papel a Daniel para que se sintiera dueño del caballo. Tardaron aún tres semanas en ir a buscar a Petit al refugio, Julia le acompañó y así pudo conocer en persona a Brisa, la yegua que tenia amadrinada, le pareció preciosa.
Daniel se sorprendió al ver a Petit más gordito. La señora del refugio les explicó que con buena comida, y agua siempre a punto, un caballo se recupera bien. El remolque dónde lo trasladarían hasta la casa de la tía Lola era muy grande. Subieron a Petit y después a Brisa. El abuelo Federico se acercó a Julia.
-Matilde me ha comentado que Brisa y Petit se han hecho muy amigos, sería una pena separarlos, a los caballos les gusta tener compañía así que ha hecho una excepción y me ha dejado adoptarla, ahora vivirán juntos y podrás visitarla siempre que puedas, con lo que has trabajado creo que es un buen regalo.
Julia abrazó al abuelo Federico y cuando todos estuvieron a punto se marcharon a la casa de la tía Lola.
Desde entonces cada fin de semana van a visitar a los caballos. El abuelo Federico les pagó un curso de verano en el refugio, donde aprendieron todo lo necesario para cuidarles muy bien.
Aún limpian el jardín de la señora Amalia, pues ya se habían acostumbrado a hacerlo y así ella está contenta. También cumplieron su palabra y les dejan ir a montar los caballos a sus compañeros del colegio.
Daniel y Julia comparten la cesta que les había regalado la señora Ángela y han aprendido a montar sólo con manta, al estilo de los nativos americanos, esto les costó sólo un par de caídas sin importancia. Brisa y Petit consiguieron los buenos amigos que se merecen, pero aún hay muchos otros animales en refugios que esperan encontrar quien los cuide bien y no son tan grandes, ni tan caros de mantener, como los caballos.

                                                                     FIN ?

La señora Matilde se llama en realidad Leonor Díaz de Liaño y es la directora del refugio Santuario de A.D.E. Tiene más de cien animales a su cargo, puedes apadrinar, adoptar, colaborar, te recuerdo de nuevo dónde encontrarlos:


Yo tengo amadrinada una potrita de pony llamada Larita y colaboro con ellos, de forma puntual, según mis circunstancias. És mi refugio favorito, aunque también he colaborado con otros en otros lugares de la geografía española. Busca el que esté más cerca del lugar dónde vives, cualquier tipo de ayuda es siempre muy bien recibida.

Y próximamente comenzaremos otra aventura, un viaje hacia el lejano Hobrén...