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miércoles, 16 de agosto de 2017

Un Sueño con 4 Patas Cap. 9



CAPÍTULO 9

“LOS QUE SE PELEAN, SE DESEAN”



Ese año el puente de la constitución se había convertido en una semana de vacaciones, los padres de Daniel se iban de viaje a París y a él lo enviaron con la tía Esmeralda. Esto supuso que aquella semana no pudiera reunir ni un euro. Aunque trabajar, trabajó y mucho. La tía Esmeralda, casualmente, tenía que limpiar a fondo la casa y pintar los techos y el sótano. Su casa no era muy grande, pero tenía tres plantas. Cuando Daniel vio que también estaba la prima María ya supo que no serian unas vacaciones de las de jugar todo el día.
María era una prima mayor, muy trabajadora, que nunca se quejaba o decía que no y la tía Esmeralda, cada vez que le pedían que se quedara con ella, la ponía a limpiar a fondo su casa. A Daniel le tocó ayudarla, así que imaginad el humor que tenía cuando fueron a recogerlo sus padres.
Lo peor había sido la comida, la tía Esmeralda no acababa de entender bien lo de la celiaquía así que lo había tenido a dieta de arroz, maíz, huevos y patatas casi toda la semana.
El lunes había quedado con Julia para rellenar la cuadrícula, ahora tenían ciento setenta y ocho casillas pintadas y estaban muy contentos, pero también algo preocupados, aún les faltaba mucho dinero y ya sólo tenían dos semanas para conseguirlo. No tenían material para manualidades, a excepción de los abalorios.
-Pol me ha dicho que tenemos que conseguir treintaiséis euros cada semana para poder tener el dinero, o seis euros cada día.
-Mi abuelo me ha explicado que cuando él era pequeño cantaba villancicos por las casa y le daban propina.
-Eso sí que no lo hago.
-Pues en el rastro lo hiciste y no pasó nada.
-Era diferente, no estaba cantando, sólo recitaba.
-Sí que cantabas.
-No, no cantaba.
-¡Sí que lo hacías! Bruna dijo que te parecías a Sergio Dalma.
-¡Pues Bruna es tonta!
-¡Que cara que tienes!, encima que nos ha ayudado, ¡eres un impertinente!
-¡Y tú una sabionda!
-¿A sí? Pues no pienso ayudarte más.
Julia cogió su mochila y salió de la habitación dando un portazo, pidió a la madre de Daniel que llamara a su madre para que la fuera a recoger, le dijera que la esperaba en el portal y salió del piso.
Al llegar a la portería vio a la señora Amalia.
-Hola Julia, ¿venís a limpiar el jardín? Como la semana pasada no vinisteis está un poco descuidado.
-Dígaselo a Daniel, yo no pienso ayudarle más, es un tonto y no pienso ser más su amiga.
-Vaya, esto es grave. Os habéis enfadado. Bueno esperaré a verle para recordárselo. ¿Te vas a ir sola?
-No, mi madre vendrá a recogerme.
La señora Amalia le hizo compañía hasta que llegó su madre. Al día siguiente se llevó un enorme libro del que no despegó los ojos ni un momento durante el recreo e ignoró por completo los intentos de Daniel por disculparse. Esa tarde les tocaba trabajos manuales. Como la profesora estaba enferma y se había tenido que marchar, juntaron ambas clases y los pusieron por parejas. A Julia le tocó Daniel como compañero.
-Julia, por favor perdóname, no volveré a decirte sabionda.
-Me da igual lo que me digas.
-Es que estaba enfadado.
-Encima de que te he ayudado a conseguir un montón de dinero.
-Es que la semana pasada he tenido que quedarme con mi tía Esmeralda y es una pesada. He estado trabajando más que cuando preparábamos el rastro y no me ha dado ni un euro.
-¡Pues te aguantas!
No se hablaron durante el resto de la clase y al salir cada uno fue con su madre. Esta actitud extrañó a las madres que ya se habían acostumbrado a repartirse las tardes, pero decidieron dejar que los niños arreglaran sus problemas.
La señora Amalia le pidió a Daniel que fuera a comprarle comida para el gato. Daniel decidió ir de inmediato, porque ahora oscurecía enseguida y su madre no le dejaba ir solo. Corrió hasta la tienda, compró el saco de pienso y volvió corriendo. Se paró dos portales antes del suyo, porque le faltaba el aliento y entonces se fijó en algo que estaba en el suelo, parecía una papeleta, lo cogió y se dio cuenta de que era un billete de cincuenta euros, el corazón le dio un salto. ¡Aquello sí que era suerte! Entró en el portal y llamó a la casa de la señora Amalia. Esta le abrió con cara preocupada.
-¿Le pasa algo señora Amalia?
-Pues que he perdido un billete de cincuenta euros, se me debe de haber caído cuando te he dado el dinero del pienso.
-Yo he encontrado uno un poco más abajo en la calle. Tenga, seguro que es el suyo.
Daniel le entregó el billete, le dejó el pienso y le aceptó la propina de tres euros, que se empeñó en darle, por ser tan buen chico y tan honrado. Al subir a casa se puso a limpiar zapatos. Entonces le pasó algo raro. Se sentía sólo. Empezó a pensar en lo que estaría haciendo si Julia se hubiera quedado. Era un rollo que estuviera enfadada con él, cuando ella venía limpiar zapatos no le parecía tan aburrido.
Al día siguiente antes de entrar en clase Daniel se acercó a Julia, pero ella ando más deprisa y se metió en su clase. A la hora del recreo leía otro de esos libros enormes que sólo parecían gustarle a ella. Nicolás, un niño de su clase un poco gamberro le dio un tirón y le quitó el libro, Julia intentó recuperarlo, pero Nicolás se lo tiró a Gael y éste a Andrés, de manera que la niña no podía cogerlo. Daniel en cuanto lo vio fue corriendo y cogió el libro cuando volaba de Andrés a Nicolás; con él se fue hasta la puerta, al lado de los profesores, de manera que los niños no se lo pudieran volver a quitar. Julia fue hasta allí y Daniel le devolvió el libro.
-Gracias.
-¿Vienes esta tarde a casa? Es que si vamos a cantar tendré que aprenderme algún villancico, yo no sé ninguno.
-Tampoco era muy buena idea, Susana me ha dicho que está muy pasado de moda, además mi madre me ha dicho que tendríamos que ir al centro de la ciudad, donde pase mucha gente, y que ella no está dispuesta a helarse los pies durante horas por unos pocos euros que podamos ganar.
-Bueno, pero podemos jugar un rato juntos ¿No?
-Bueno, vale.


martes, 1 de agosto de 2017

Un Sueño con 4 Patas Cap. 8



CAPÍTULO 8

“LA UNIÓN HACE LA FUERZA”



A Julia le había encantado el libro, Daniel ya se lo esperaba. También le había gustado mucho la cesta de mimbre y cuando vio la gualdrapa se le pusieron los ojos como platos.
-La próxima vez que vayas yo también quiero ir.
-No sé si puedes, le preguntaremos a la señora Amalia que es su amiga.
-Tendríamos que empezar a reunir cosas para el rastro de Diciembre, es dentro de dos semanas.
-No me queda casi nada para vender, de cosas que no quiera.
-Tenemos los puntos de libro y la caja de cosas de tu tía. Si supiéramos hacer collares seguro que venderíamos muchos, porque cada vez estamos más cerca de la navidad.
Acabaron de hacer los deberes y se iban a poner a jugar cuando entró la madre de Julia con un paquete en la mano. La llamó y se lo dio.
-Un regalo de la tía Úrsula, que muchas felicidades y que cumplas muchos más.
-¿Es tu cumpleaños Julia? –le preguntó sorprendido Daniel.
-No, es en septiembre, pero mi tía Úrsula siempre me regala en noviembre porque según ella es cuando debía haber nacido, es un poco rara.
El paquete resultó ser un libro de manualidades “Cincuenta proyectos de adornos navideños con material natural y reciclado”, ¿Qué mejor cosa para vender en el rastro? Se pusieron manos a la obra al momento, leyeron el libro de principio a fin, hicieron listas de las cosas que necesitarían y quedaron al día siguiente para comenzar la producción.
Los primeros les salieron un poco feos, pero poco a poco les quedaron casi como los del libro. Durante el fin de semana pasaron horas y horas trabajando, con ayuda de la madre de Daniel el sábado y de los padres de Julia el domingo.
El lunes Julia vendió el primer adorno, una bola de colores hecha con papel. Se la había comprado la maestra por cincuenta céntimos. Marisa, su compañera de pupitre, la había visto y le había gustado mucho. Marisa era muy mañosa y se ofreció a ayudarles si podía quedarse con algo de lo que hiciera. Durante el recreo habían quedado para ir a casa de Julia a trabajar y al equipo se habían añadido las amigas de Marisa: Isabel, Elena, Bruna y Roma, que en realidad se llamaba Rogelia; pero como no le gustaba y se apellidaba Maseta con las dos primeras sílabas de nombre y apellido se había hecho un nombre más presentable según ella.
El martes se les añadió Pablo, un niño de quinto, que era considerado “el artista” del colegio y había ganado un premio de construcción de maquetas. Tras media hora en casa de Julia quedó claro que se merecía tal reputación. Además de la promesa de montar alguna vez el caballo, Pablo se ganó los corazones de Isabel, Elena y Bruna.
El jueves la casa de Julia parecía una fábrica. Su madre fue muy amable, ya estaba un poco harta de tanto niño en casa, pero al verlos tan entusiasmados se dijo que algo bueno estaban aprendiendo y aunque no la dejaran escribir ni una sola letra, era muy bonito ver tantos niños trabajando por un fin común. Estuvo a punto de grabarles con la cámara y enviar la grabación a las cortes, haber si seguían el ejemplo.
El domingo, hasta la naturaleza les ayudó amaneciendo con un sol radiante en un cielo azul, en el que no se veía ni una sola nube. Con tanto sol la gente salió a la calle y aquel domingo el rastro se llenó como hacía mucho no se veía.
Esta vez el puesto de Daniel y Julia estaba lleno de cosas nuevas, pero los precios seguían siendo de ganga. A media mañana vinieron a ayudarles Roma y Marisa. El termómetro del dibujo estaba a más de la mitad y la alegría de los niños iba en aumento.

Por la tarde lo habían vendido casi todo y al recoger les bastó con una caja de botas para guardar lo que les quedó. Lo que menos habían vendido fueron los puntos de libro, pero en total habían conseguido sesenta y siete euros con cuarenta céntimos.

lunes, 17 de julio de 2017

Un Sueño con 4 Patas Cap. 7





CAPÍTULO 7

“CUANDO MENOS TE LO ESPERAS, SALTA LA LIEBRE”



La amiga de la señora Amalia vivía a tan sólo siete paradas de metro y muy cerca de la estación. En una casa, una casa sola en medio de dos bloques de pisos. Parecía muy antigua, tenía un portal de rejas de hierro forjado y un llamador en forma de mano. Por un momento Daniel tuvo miedo, aquella puerta le recordaba las de las casas encantadas de las películas de brujas, miró a la señora Amalia, no tenía cara de bruja. Una mujer les abrió la puerta y les acompañó hasta la sala donde estaba la amiga de la señora Amalia.
Era mucho más mayor, tenía el pelo de un blanco resplandeciente recogido en un moño. Tenía muchísimas más arrugas que la señora Amalia y la boca aunque cerrada dibujaba una sonrisa. Al acercarse Daniel vio que tenía los ojos completamente blancos, esto lo inquietó, nunca había visto a nadie con cataratas.
-Buenas tardes Ángela, he traído al niño del que te hablé, el que me hace de jardinero.
-Hola –dijo Daniel.
-Pasad, pasad, Manuela ¿podrías preparar té y unas pastas?- la señora que les había abierto la puerta salió de la habitación- ¿Cuál era tu nombre pequeño?
-Daniel señora.
-Qué educado, puedes llamarme Ángela, eso de señora no me ha gustado nunca, ¿Cuál es el té que más te gusta?
-Pues no lo sé, creo que no he bebido nunca té.
-Claro, siempre se me olvida que aquí los niños no toman té. Viví muchos años en Inglaterra y allí todos beben té. Hace tanto que no salgo de la casa que a veces creo estar viviendo aún allí. Y a Amalia sí le gusta el té. Bueno unas pastas sí comerás ¿Verdad?
-Soy celíaco y no puedo comer cosas hechas con harina de trigo, ni avena, ni cebada, ni centeno.
-¡Vaya! Sí que me lo pones difícil, ¿unas galletas de arroz?
-Sí muchas gracias.
La señora Manuela trajo una bandeja con una bonita tetera de porcelana y unas tazas, un plato con pastas de té y una lata en la que había dibujado un dragón chino.
-Manuela, por favor, puedes traer galletas de arroz para mi invitado y zumo, ¿Qué zumo te gusta más?
-El de piña –contestó Daniel.
-Y un vaso bien grande de zumo de piña. Amalia sirves el té para nosotras por favor. Muy bien, así que estás ahorrando para comprarte un caballo Daniel.
-Sí señora Ángela.
-Por favor, no me llames señora, sólo Ángela. ¿Cuántos años tienes?
-Nueve, pero en febrero cumpliré diez.
-Y con nueve años te has puesto a trabajar para comprarte un caballo, hace mucho que no oía algo así, ahora a los niños les gustan otras cosas, esas maquinitas que hacen ruido, según parece son estupendas.
-No están mal cuando llueve o cuando vas en coche, pero al final te aburres un poco.
-Yo de joven trabajé en los establos de Lord Lancaster y créeme, cuidar un caballo es cansado. Hay que entrenarlos, cepillarlos, vigilar mucho la alimentación, controles veterinarios, exhibiciones. Sí era duro, ya lo creo, pero tuvimos un montón de premios.
-Pero yo no quiero a Petit para concursar.
-¿A no, entonces para qué lo quieres?
-Para que sea mi amigo, bueno a lo mejor lo podré montar si se recupera.
-¿Está enfermo?
-Está muy flaco, la señora del refugio me dijo un nombre muy raro de lo que tiene, pero no me acuerdo.
-Esta sí que es buena, un niño que trabaja para comprar un caballo enfermo y que seguramente será viejo. ¿Cuánto te han pedido?
-Doscientos cincuenta euros.
-Bueno al menos es barato ¿Está en un refugio has dicho? Cómo cambian las cosas. Bueno tomemos el té antes de que se enfríe.
Se quedaron con la señora una hora más. Cuando sonaron las seis y media la señora Ángela pidió a Manuela algo en voz baja, ésta salió de la sala y al rato trajo un gran bulto.
-Daniel, me pareces un buen chico y te voy a hacer un regalo, Manuela ha traído algo del desván, es la cesta de arreos, no creo que te sirva de mucho lo que hay dentro, debe de estar pasado, pero la cesta es del mejor mimbre del mundo, no como el de ahora que se rompe con el más ligero golpe, cógela.
 Daniel cogió la cesta que le tendía la señora Manuela, era muy grande, podría haber llevado en ella un perro de raza pequeña, dentro había toda clase de cepillos, un par de herramientas para limpiar los cascos, una lata grande de grasa de caballo, un bote de aceite para cascos, una caja llena de tiras de colores, trapos de diferente tejido y una medalla de papel. Ángela le explicó para qué servía cada una de las cosas y le pidió que le dejara la medalla, era la que había ganado con su primer caballo y le tenía mucho cariño. Además de la cesta le regaló un ronzal de cuero, una cuerda de metro y medio, una manta de montar y una gualdrapa de algodón de color violeta en el que había bordado un escudo.
-Es mi pequeña contribución a tu causa, seguro que te será muy útil y por último, Manuela por favor, trae el libro. Tendrás que estudiar un poco para aprender a cuidar a tu caballo como es debido, son animales fuertes, pero también delicados ¿Sabías que al no poder vomitar pueden morir de un cólico? La de caballos que he visto perderse por algo tan tonto.
El libro era muy, muy grande y gordo. Daniel no sabía cómo iba a poder llevar todo aquello en el metro. Pero al momento la señora Manuela dijo que el taxi les estaba esperando. Al llegar a su portal Daniel le pidió a su madre que bajara a ayudarle.

Aquella noche Daniel soñó que galopaba con Petit, llevaba la gualdrapa de color violeta y él iba vestido de caballero. Julia llevaba un vestido de princesa y leía un libro enorme. Cuando se acercó a ella dejó de leer y le dijo si quería pastel, que era de arroz y entonces vieron que Petit se estaba comiendo el pastel que ahora era un montón de heno y se ponían a reír. Cuando se despertó miró la cuadrícula, estaba casi a la mitad y aún le quedaban muchos días. Lo conseguiría, trabajaría mucho y tendría su caballo.

martes, 4 de julio de 2017

Un Sueño con 4 Patas Cap. 6



CAPÍTULO 6

“POCO A POCO, MONTONCITO EN EL RECODO”



El lunes colorearon las casillas que ya tenían, noventa y cinco. Daniel nunca había tenido tanto dinero en la hucha. Calcularon lo que les faltaba. Ciento cincuenta y cinco euros. Aún tenían mucho tiempo, pero Daniel estaba bastante preocupado, Pol le había hecho otra división y le había dicho que con lo que tenían, si querían reunir el dinero necesitaban ganar veinticuatro euros cada semana. Con lo que ganaba en casa y limpiando el jardín de la señora Amalia sólo conseguía cinco euros, necesitaba conseguir al menos otros cinco. Julia le propuso otra idea de esas que sólo se les ocurren a las hijas de los bibliotecarios.
-Podríamos hacer puntos de libro y venderlos, a un euro.
-¿A quién se los vendemos?
-A los padres del cole, en el parque. Los hacemos de cartulina con dibujos bien chulos.
La idea era buena, esta vez Daniel fue a casa de Julia y se pasaron lo que les quedó de tarde, tras hacer los deberes, decorando cartulinas. La madre de Julia las cortó con la guillotina y quedaron muy bien. La venta no fue como esperaban, sólo vendieron tres de las veinte que habían hecho. Esa semana pudieron reunir trece euros.
Aquel fin de semana los padres de Daniel se iban de escapada así que él se quedaba con la tía Lola. Inesperadamente se presentó la tía Noemí, traía una caja llena de material para manualidades, se la había regalado una de las clientas a las que hacía la manicura, que la había heredado de su abuela, que tenía una tienda de manualidades. Como no sabía qué hacer con ella se la regaló a Daniel.
Lo que más había eran bolsas de abalorios de todos los colores. Daniel pensó que tal vez podía hacer collares y pulseras y venderlas, seguro que era mejor que los puntos de libros. Como él no sabía hacer collares le pidió ayuda a la tía Lola.
-No sé si me acordaré de cómo se hacen, recuerdo que tenía un pequeño telar indio y tal vez guarde algún libro, pero hacer pulseras no es fácil, se necesita mucha paciencia.
-Puedo probar, si no me sale pues ya pensaré otra cosa.
Efectivamente, Daniel no tenía mucha maña en hacer aquello y Julia tampoco, así que los abalorios se quedaron en la caja. La señora Amalia les preparó un pastel de chocolate, cuando Daniel le dijo que no podía comerlo porque estaba hecho con harina de trigo y él era celíaco y no podía comer harina de trigo, la señora le propuso que lo vendiera por trozos en el colegio.
Al día siguiente vendieron cada trozo por un euro y antes de que acabase el recreo habían ganado diez euros.
-Si la señora Amalia te regalase un pastel cada semana tardaríamos muy poco en conseguir lo que nos falta –comentó Julia.
-A lo mejor lo podríamos hacer nosotros.
-Mi madre no creo que me deje utilizar el horno y no sé hacer pasteles.
-¿Y si miras algún libro?
-Mi padre dice que a cocinar bien no se aprende en ningún libro, a mejorar tus recetas sí, pero que si no tienes el don de la cuchara por mucho que leas no lo tendrás.
El recreo se terminó y volvieron a clase. Aquella tarde nadie se quedó en el parque porque se puso a llover.
El frío era cada vez más intenso y a Daniel se le quedaban las manos heladas cuando quitaba las malas hierbas, ahora crecían muy poco y esto lo preocupó, sin hierbas que arrancar se quedaría sin trabajo. Ya comenzaba a estar un poco cansado de pensar siempre maneras de ganar dinero y una sensación como de tristeza comenzó a rondarle por el corazón y con esta sensación las dudas. ¿Podría conseguir el dinero? ¿Valía la pena tanto esfuerzo? ¿Era normal en un niño de su edad trabajar de ese modo?
Al día siguiente la señora Amalia les esperaba en el portal, se lo quedó mirando un momento
-¿Algo va mal? Tienes cara de pena.
-No, sólo estoy un poco cansado.
-Bueno, pues pensaba pedirte un favor, pero si estás cansado lo dejaré para otro día.
-No se preocupe, ¿Qué es?
-Pues si me acompañabas a casa de una amiga, hay que ir en metro y me da un poco de susto, además me hago un lío con los billetes, pero como tú eres tan espabilado.
-Tengo que hacer los deberes.
-Pues si cuando acabes los deberes no es muy tarde y tu madre te deja, baja a avisarme.
-Si los acaba pronto puede ir –dijo su madre que bajaba a la calle en aquel momento.

Daniel hizo los deberes en un plim, por suerte eran muy pocos, y bajó a buscar a la vecina. La ayudó con la máquina de los billetes y la llevó a los ascensores, para que no tuviera que bajar las escaleras.

jueves, 15 de junio de 2017

Un Sueño con 4 Patas Cap. 5

CAPÍTULO 5



“A QUIEN MADRUGA, DIOS LE AYUDA”



La mañana del primer domingo de noviembre era nublada y hacía frío. Mirar por la ventana fue lo primero que hizo Daniel nada más levantarse; si llovía la gente no saldría de casa y él necesitaba mucha gente para vender todo lo que habían reunido Julia y él. Miró las nubes grises y sin saber porqué les pidió por favor que no llovieran, que no llovieran hasta que hubiera vendido todo lo que tenían.
Recogieron a Julia en su casa y llegaron al parque casi de los primeros, montaron el puesto utilizando la mesa plegable de camping de los padres de Julia. La cubrieron con una tela de colores y Daniel comenzó a amontonar cosas encima. Su madre les fue dejando las cajas y luego, bien envuelta en una manta, se sentó en una silla plegable a leer.
Hacia las doce el tiempo seguía más o menos igual, pero al no llover la gente se decidió a salir y el parque se fue llenando de posibles compradores. Las personas pasaban por delante del puesto de Daniel y Julia, pero no les compraban nada. Daniel empezó a desanimarse.
-Esto no sirve, nadie compra nada.
-Pues la vez que yo vine vendí todos los libros.
-A lo mejor a la gente de aquí sólo le interesan los libros.
-Susana, la vecina del tercero, también vendió casi todo lo que trajo.
-¿Y qué tenía?
-Pues juguetes usados, ropa, collares y cosas de chicas mayores. ¡Mira es ella! ¡Susana, Susana! – Julia salió corriendo del puesto tras una chica bastante mayor. Al momento la traía de la mano-. Este es Daniel, necesitamos vender todo esto porque estamos ahorrando para comprar un caballo.
-¿De verdad? Pues tal como tenéis el género no creo que nadie os compre.
-¿El género? –preguntó Daniel confundido.
-Se llama género a las cosas que tenéis para vender, veo que tenéis muchas cosas, pero están muy mal puestas, a la gente le gusta comprar en tiendas dónde todo esté bien arreglado. En vez de tener todo junto haced grupos de cosas que se parezcan, los libros en un lado, juguetes de madera en otro, los coches ponedlos todos en una caja y sobre todo tendríais que marcar el precio -la chica miró divertida las caras de preocupación de Daniel y Julia- la verdad es que hoy había quedado con una amiga y me ha dado plantón, he venido por no quedarme en casa así que si queréis os ayudo a montar la tienda.
-¡Sí, sí, por favor! –respondieron los niños a la vez.
-Pero tendréis que hacer todo lo que os diga e invitarme a un refresco.
-¡Vale!
Susana les dijo que dibujaran en un cartón grande un caballo y al lado un termómetro enorme. Les hizo recortar pequeñas cartulinas para poner los precios. Ordenaron las cosas de manera que todo les quedó muy vistoso.
-Ahora uno tiene que ponerse delante del puesto y con una bonita sonrisa decir a la gente que os compre, que el dinero que recojáis es para ayudar a un caballo. El otro se queda al lado del cartel y cada vez que alguien compre algo les dais las gracias muy alto, y coloreáis un trocito del termómetro.
-Yo me pido colorear –dijo Julia.
-¿Lo de decirle a la gente que compre es como lo que hacían antes en los circos?-preguntó Daniel.
-Sí exactamente, pero en vez de “pasen y vean”, di “compren, compren, es por una buena causa”. Como sois niños a la gente le hará gracia.
La madre de Daniel se acercó a mirar el puesto y al ver los precios se quedó pasmada, cogió uno de los jarrones de porcelana que había llevado.
-¿Vais a vender esto por tres euros? ¡Si costaron cuarenta! Y están nuevos, no han salido de la caja.
-Ya, pero hoy en día nadie quiere cosas de porcelana, si queremos venderlos han de ser auténticas gangas –replicó Susana.
-Y el caballo de madera costó setenta, ¿Lo vas a vender por cinco euros?-le preguntó a su hijo.
-Mamá, que es para bebés. -Daniel miró a su madre de manera suplicante.
-Supongo que es mejor venderlo que volver a meterlo todo en el trastero- dijo resignada.
La madre se sentó en la silla y volvió a leer. Julia se puso al lado del cartel y Daniel empezó a canturrear el “compren, compren”. Al principio le daba mucha vergüenza pero cuando la gente empezó a acercarse se le pasó y cantó cada vez más alto. Para su sorpresa el efecto surtió de inmediato.
La gente se acercaba al puesto y cuando Daniel les explicaba para qué reunían el dinero muchos les compraron alguna cosa por simpatía. Un grupo de abuelas no dejaron escapar la ganga de los jarrones. El caballo también encontró pronto comprador y hacia las tres de la tarde lo habían vendido casi todo.

Susana les felicitó por su éxito y volvió a su casa. Antes de que oscureciera se pusieron a recoger lo que les quedaba, no les hizo falta más que una caja. Ese día habían conseguido cincuenta euros. 

viernes, 2 de junio de 2017

Un Sueño con 4 Patas Cap. 4


CAPÍTULO 4

“NO DEJES PARA MAÑANA, LO QUE PUEDAS HACER HOY”



Su madre estuvo encantada con la idea de que le quisiera ayudar en la casa, cuando le dijo lo que pensaba cobrarle ya no le gustó tanto, le dijo que se lo pensaría y ya le diría algo. Por si acaso ese día Daniel bajó la basura al contenedor.
Cuando entró en el portal se encontró con la vecina del bajo. Era una abuela que vivía sola.
-Buenas tardes señora Amalia.
-Hola Daniel ¡Qué bien que te encuentro! ¿Serías tan amable de ir a la tienda de mascotas y traerme un saco de comida para mi gato? Hoy está nublado y me duelen las piernas.
-Vale.
La anciana le dio un papel con el nombre de la comida que quería y un billete de cinco euros. Daniel fue hasta la tienda, que estaba cuatro calles más abajo, compró la comida y se la trajo.
-La vuelta es para ti, por hacerme el favor.
-Muchas gracias señora Amalia.
-No lo gastes todo en chucherías.
-No señora Amalia, estoy ahorrando para comprarme un caballo.
-¿De verdad? ¿Y dónde vas a tener el caballo?
-En casa de mi tía Lola.
La señora se quedó un momento pensativa y después le invitó a entrar en su casa. El piso bajo tenía un pequeño jardín. Un limonero crecía en el medio, en cada una de las esquinas había un rosal y el resto estaba cubierto de todo tipo de hierba.
-Antes lo tenía muy limpio, pero ya no puedo casi agacharme, por eso hay malas hierbas por todos sitios. Cuando viene mi hijo le pido que lo limpie, pero enseguida vuelven a crecer. Si tú vinieras una tarde a la semana a quitar los hierbajos te pagaría tres euros por cada hora.
Daniel no se lo pensó dos veces, le dijo que sí, pero que tendría que ser al día siguiente, porque ya era un poco tarde. Se despidió de la vecina y corrió a su casa. Contó lo que había ganado ese día un euro con setenta céntimos. Coloreó dos casillas más de la cuadrícula y cogiendo un folio calculó lo que podría ganar de jardinero. Si la señora le daba tres euros a la hora y trabajaba dos horas tendría seis euros a la semana. Si pudiera trabajar dos días serían doce euros. Pol le había dicho que tenía que conseguir tres euros y medio cada día así que aún necesitaba ganar un poco más.
A la tarde siguiente, al salir del colegio le pidió a su madre ir directamente a casa. Al llegar al portal le dijo que tenía que hacer un recado para la señora Amalia, que subiría cuando acabara.
Arrancar malas hierbas era mucho más pesado de lo que Daniel pensaba. Cuando su madre bajó a buscarlo una hora más tarde, estaba cansadísimo así que decidió dejarlo por el momento. La señora Amalia le pagó los tres euros y le dijo que lo esperaba al día siguiente.
Al día siguiente Daniel tenía agujetas en los brazos. Julia se le acercó a la hora del patio.
-Toma, es lo que he conseguido estos días – le dio un billete de cinco euros.
-¿Cómo has conseguido tanto dinero?
-He vendido todos mis libros para bebés. ¿Cuánto has conseguido tú?
-Por ahora cuatro euros. Uno por comprar comida para gatos y tres por hacer de jardinero, pero es muy pesado.
- ¿De jardinero?
-La vecina del bajo tiene un jardín pequeño, pero lleno de hierbajos. Ayer estuve una hora y no he limpiado ni la mitad del jardín.
-Si quieres te ayudo, a mí se me da muy bien la jardinería. Cada verano vamos al pueblo de mi madre y ayudo a mi abuela con el huerto y las flores. Le puedo decir a mi madre que me deje ir a tu casa a hacer los deberes y cuando acabemos te ayudo ¿Vale?
-¡Vale!
Esa tarde presentó a Julia a la señora Amalia, le dijo que bajarían más tarde, que primero tenían que hacer los deberes. La madre de Daniel estaba muy sorprendida con la actitud del niño, quedaba claro que se tomaba muy en serio el asunto del caballo y de trabajar para conseguir el dinero así que decidió colaborar con la causa.
-Daniel, ya lo he pensado y te pagaré dos euros a la semana si bajas la basura cada día y limpias los zapatos.
-¡Gracias mama!
-Sólo quiero que me prometas que no dejarás de hacer los deberes por trabajar.
-¡Sí mama! Es lo que estamos haciendo.
La madre se fue a prepararles un poco de merienda, que devoraron antes de bajar al jardín de la vecina. Entre dos se iba más deprisa, pero seguía siendo cansado. Al menos ya casi lo tenían limpio del todo. La señora Amalia les pagó la hora.
Ya tenían veintinueve casillas, lo que quería decir veintinueve euros, pero aún les quedaba mucho. Julia le enseñó un dibujo que había hecho.
-¿Lo vas a presentar a un concurso?
-No, es para tu vecina, es un dibujo de su jardín. Bueno de lo bonito que sería si plantara más flores, si la convencemos de que plante anuales tendremos trabajo extra.
-¿Qué son anuales?
-Flores que sólo viven un año, bueno, flores de la estación. Como en el parque ¿No has visto que las van cambiando? Pues si nosotros lo hacemos trabajaremos más días y tendremos más dinero.
-¿Y tú crees que la señora Amalia querrá?
-Pues claro, es como mi abuela, le encantan las flores, no tiene porque no puede cuidarlas, pero para eso ya estamos nosotros ¿No?
-Pero cansa mucho la jardinería.
-¡Qué va! es muy divertido, además mi madre nos ayudará.
La señora Amalia casi se echa a llorar cuando le enseñaron el dibujo, ella tenía así de bonito su jardín cuando era joven, pero desde que se quedó sola y le empezó el reuma tuvo que contentarse con los rosales y el limonero. Se pusieron de acuerdo y con la ayuda de la madre de Julia fueron al vivero y trajeron violetas de casi todos los colores. Para no faltar a la verdad, fue la madre de Julia la que preparó el suelo, lo removió, le puso tierra vegetal, señaló con piedras los sitios donde pondrían las flores y por último Daniel y Julia plantaron las violetas en los hoyos que estaban preparados. Plantar les llevó dos tardes con lo que consiguieron seis euros. Aquella semana había sido muy provechosa.
La siguiente semana tenían que preparar la venta del rastro, ya que era aquel domingo. Como la madre de Julia había hecho casi todo el trabajo del jardín y además gratis, la madre de Daniel decidió que ella ayudaría a los niños con el rastro. Pol le dio a Daniel una colección de cómics que ya no quería para que la vendiera, pero a cambio le tendría que dejar montar alguna vez en el caballo. Otros niños de la clase de Daniel también le quisieron ayudar y le dieron algunos de sus juguetes que no querían, aunque algunos estaban tan rotos que no servían.

Durante la semana, reunieron diez euros, cinco por la jardinería y los zapatos y cinco que Julia había ganado sacando la basura de tres de sus vecinos. A los del primero les cobraba dos euros a la semana, pero al vecino del quinto le cobraba tres, porque también le tiraba el reciclaje y eran muchos más viajes.

sábado, 13 de mayo de 2017

Un Sueño con 4 Patas Cap. 3



CAPÍTULO 3

“QUIEN TIENE UN AMIGO, TIENE UN TESORO”



Al día siguiente, durante la acogida de la mañana Pol (que aunque era de quinto era su amigo) le ayudó con las cuentas. Como era más mayor sabía más matemáticas y le explicó lo que era un plan de objetivo.
-Tu objetivo es conseguir doscientos cincuenta euros.
-Ahora son doscientos treinta y cuatro.
-Bueno vale, pues ahora divides esa cantidad por los días que te faltan hasta navidad.
-Setenta y tres días –le puntualizó Daniel.
-Pues doscientos treinta y cuatro dividido por setenta y tres –Pol hizo la cuenta, le llevó un ratito porque era dividir por dos cifras- son tres coma dos, cero, cinco, bueno no es exacta. Mira lo mejor es redondear como dice mi padre, tienes que conseguir tres euros y cincuenta céntimos cada día.
-¿Y qué pasa si no los consigo?
-Pues que no podrás reunir el dinero.
Daniel comenzó a preocuparse un poco, tres euros y cincuenta céntimos era mucho dinero ¿Cómo podría conseguir tanto dinero cada día? Le dio las gracias a Pol y se guardó la hoja con la división.
A la hora del recreo Julia le dio una idea estupenda. Julia era una niña un poco rara, le gustaba muchísimo leer, siempre estaba leyendo y cuando no leía llevaba el libro bajo el brazo. Su padre era bibliotecario y su madre escritora. Una vez se había quedado en su casa a pasar la tarde y en su habitación Julia tenía una estantería del suelo al techo llena de libros, tal vez por eso Julia siempre tenía unas ideas muy buenas.
-Vende los juguetes que ya no quieras en el rastro.
-¿Eso se puede hacer?
-Pues claro, pero no tienen que estar muy rotos. Yo una vez conseguí quince euros. Me compré una enciclopedia de las cosas que no existen, fue una ganga, estaba nueva sólo el forro se había descolorido.
-¿Y dónde es el rastro?
-En el parque, el primer domingo del mes.
Daniel comenzó a pensar en los juguetes que podía vender, al volver a clase comenzó a hacer una lista, pero al entrar el profesor la tuvo que guardar.
Ese día no quiso quedarse en el parque. Al llegar a casa se metió en su habitación y comenzó a sacar juguetes. Su madre llamó a la puerta y entró. Se quedó pasmada al ver aquel revoltijo.
-¿Qué estás haciendo?
-Estoy separando los juguetes que no quiero para venderlos en el rastro.
-¿Vas a vender tus juguetes?
-Si hace un montón que no juego con ellos, lo único que hacen es estorbar y coger polvo, siempre lo dices.
-Pues sí que me parece una buena idea. ¿Y qué harás con el dinero?
-Es para Petit. Tengo que conseguir los doscientos treinta y cuatro euros que me faltan.
-¿Tanto te gusta ese caballo?
-Sí.
La madre le dejó la merienda en la mesita y se marchó. Daniel sólo salió de la habitación para pedirle a su madre unas cajas donde guardar lo que vendería en el rastro.
Julia le hizo una nueva proposición: que si le ayudaba a conseguir el dinero, le dejara visitar al caballo. Daniel le dijo que no, no quería compartir su caballo con nadie, si quería uno que lo adoptara.
-Apadriné a Brisa como regalo de cumpleaños, pero el refugio está muy lejos y no puedo ir nunca.
-¿Te regalaron un caballo por tu cumple?
-No, das dinero para que ella viva en el refugio, cada mes doy diez euros, hay mucha más gente que lo hace y entre todos pagan los gastos de Brisa, pero no puedes llevártela.
-¿Y no te da rabia no poder verla nunca?
-Un poco, por eso quiero ayudarte, tu tía vive cerca y podrías invitarme algún fin de semana.
-Pero si me ayudas no podrás dar dinero a Brisa.
-Yo no te voy a dar el dinero, te voy a ayudar a conseguirlo, puedo hacerte un plan de trabajo y darte algunos de mis libros para venderlos, ayudarte el día del rastro y cosas así.
-Vale ¡trato hecho!
Chocaron las manos para cerrar el acuerdo y entonces Julia le dio un par de hojas escritas por delante y por detrás.
-Es el plan de trabajo, lo mejor es empezar hoy mismo.

El plan consistía en hacer un montón de trabajos en casa: limpiar los zapatos, sacar la basura, limpiar los cristales, pasar la aspiradora, separar la ropa sucia. Por hacer estas cosas pedirían una semanada de cinco euros. También venderían todo lo que no quisieran, juguetes, ropa, libros. Al acercarse la navidad cantarían villancicos por la calle, esto no le hizo mucha gracia, así que lo tachó. También podían cuidar mascotas, sacar a pasear perros y llevar libros a la gente que no podía desplazarse a la biblioteca. Esto sólo se le podía ocurrir a la hija de un bibliotecario, pensó Daniel. Guardó las hojas e intentó imaginar la manera de decirle a su madre que le diera dinero por trabajar en casa.